El otro día, mientras pasaba la tarde con una amiga en un bar tranquilamente, fui testigo involuntario de una de esas conversaciones que empiezan como una simple anécdota y terminan convirtiéndose en una profunda clase de sociología. En la mesa de al lado, dos desconocidas charlaban animadamente. Por el acento y el contexto, pronto deduje que una era británica y la otra, una chica nacida y criada en Canarias.
El debate comenzó con una confesión de la amiga británica: admitía sentirse profundamente incómoda cuando, al ir a la playa, veía a las mujeres canarias quitarse el sujetador del bikini con total naturalidad.
La respuesta de su amiga local fue tan rápida como contundente:
—Bueno, pues no vayas.
A partir de ahí, la conversación escaló de una forma fascinante. La chica canaria le explicaba que a ella ver a mujeres en
topless no le causaba absolutamente ningún impacto, simplemente porque
lo había visto desde que era una niña. La británica, con los ojos muy abiertos por el choque cultural, le preguntó horrorizada que cómo era posible que de pequeña la llevaran a sitios "donde hay gente desnuda".
—Es que no me tenían que llevar a ningún lado especial —replicó la canaria entre risas—. Mi madre y mis tías hacían topless ahí mismo, delante de mí, cuando estábamos pasando el día en la piscina.