Toda tu juventud se construyó sobre una identidad que tú no elegiste: el rol familiar, las expectativas sociales, las creencias heredadas y los moldes en los que tenías que encajar. Ese yo simbólico no es realmente tuyo; es una construcción cultural. Y cuando llegas a esta etapa, esa estructura comienza a colapsar.
Duele porque no solo perdemos una versión de nosotros mismos, sino que perdemos la ilusión de que esa versión alguna vez fue completamente real.