Copitos de Nieve

25 julio 2026

El Topless, el pudor y la Teoría de la coleta

El otro día, mientras pasaba la tarde con una amiga en un bar tranquilamente, fui testigo involuntario de una de esas conversaciones que empiezan como una simple anécdota y terminan convirtiéndose en una profunda clase de sociología. En la mesa de al lado, dos desconocidas charlaban animadamente. Por el acento y el contexto, pronto deduje que una era británica y la otra, una chica nacida y criada en Canarias.

El debate comenzó con una confesión de la amiga británica: admitía sentirse profundamente incómoda cuando, al ir a la playa, veía a las mujeres canarias quitarse el sujetador del bikini con total naturalidad.

La respuesta de su amiga local fue tan rápida como contundente: —Bueno, pues no vayas.


 
A partir de ahí, la conversación escaló de una forma fascinante. La chica canaria le explicaba que a ella ver a mujeres en topless no le causaba absolutamente ningún impacto, simplemente porque lo había visto desde que era una niña. La británica, con los ojos muy abiertos por el choque cultural, le preguntó horrorizada que cómo era posible que de pequeña la llevaran a sitios "donde hay gente desnuda".

Es que no me tenían que llevar a ningún lado especial —replicó la canaria entre risas—. Mi madre y mis tías hacían topless ahí mismo, delante de mí, cuando estábamos pasando el día en la piscina.


El tabú de la intimidad familiar

Si el tema de la piscina le pareció mal a la amiga extranjera, lo que vino después casi le provoca un infarto.

"¿Cómo se va a desnudar un familiar delante de ti?", le reprochaba escandalizada, como si se tratara de una ofensa imperdonable.

La chica local, con toda la paciencia del mundo, intentó normalizar la situación explicándole la dinámica de su propia casa: —No pasa absolutamente nada. Cuando mi madre sale de la ducha y está en el baño echándose su cremita por todo el cuerpo, yo entro por la puerta tan tranquila. Me cepillo los dientes mientras hablamos de nuestras cosas y ella está ahí, desnuda, embadurnándose entera.

Para la amiga británica, esto fue la gota que colmó el vaso. Se echó las manos a la cabeza cuestionando cómo una madre podía desnudarse delante de su hija. La respuesta de la canaria fue brillante: "¡Como si no hubiese salido yo literalmente de ahí!".

La proyección de la lascivia

Fue en este punto donde la chica local tuvo que ponerse seria y frenar en seco los prejuicios de su amiga. Con un tono irónico pero muy certero, le soltó:

¿Tú qué te piensas? ¿Que por ver a mi madre en topless en la playa, o echándose crema en el baño, me van a dar ganas de comerle las tetas?

Claro, la británica se ofendió muchísimo y empezó a justificarse diciendo que ella jamás había dicho semejante barbaridad. Pero la amiga canaria, rápida y elocuente, dio en el clavo: —Si tan escandalizada estás por la desnudez natural de un cuerpo, ¿acaso no es eso exactamente lo que estás implicando?

Y es que, como observador silencioso de esta escena, no pude evitar darle toda la razón.

Las lentes con las que miramos el mundo

La chica canaria zanjó el debate con una reflexión que me guardé para siempre. Le explicó a su amiga que podía entender el choque cultural. Es completamente lícito no comprender algo porque simplemente no forma parte de tu experiencia vital.

Sin embargo, el límite está en la connotación.

Si le otorgas connotaciones negativas, sucias o escandalosas a situaciones que simplemente desconoces, hay que pararte los pies. Porque lo que uno cree no es siempre la realidad objetiva; es solo una percepción que está filtrada a través de tus propias lentes.

Pretender que todo el mundo exista y se comporte bajo una única idea de lo que es "correcto" no solo es una actitud autoritaria, sino también profundamente ignorante. No hay absolutamente nada de lascivo en hacer topless en la playa, a menos que la mente de quien mira decida sexualizarlo.

Para ilustrarlo, la canaria usó una analogía brillante: —En otras culturas, lo que se considera lascivo y provocador es llevar el pelo suelto. ¿A ti te gustaría que alguien insinuase que vas provocando a los hombres por la calle solo por llevar una simple coleta?

Pues ya está. Todo se reduce a la premisa más antigua y sabia de la convivencia humana: hay que vivir y dejar vivir.

Me marché de aquel bar con una sonrisa y una frase final resonando en mi cabeza, un mantra perfecto para los tiempos de ofendiditos que corren: "Y si algo te incomoda... desincomódate".



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