Hoy quiero pedirte que te detengas un momento. Respira hondo, acomódate y permíteme que te cuente un cuento. Es una historia breve, pero te aseguro que tiene el poder de cambiar vidas. A mí, desde luego, me cambió la mía, porque desde que la escuché, ya no cometo fallos; simplemente, enciendo velas.
Todo comenzó con un conocido (el padre de un amigo, para ser exactos) que, estando de viaje por una zona rural de China, se puso muy malito. Necesitaba un médico con urgencia, así que los lugareños le dieron una instrucción muy peculiar:
"Vete a la primera aldea que veas. Allí vas a distinguir fácilmente a los médicos porque tienen una costumbre: ponen en la puerta de su casa una vela por cada paciente que se les ha muerto".
Con esa premisa tan extraña en mente, el hombre llegó a la aldea y empezó a pasear por sus calles. Efectivamente, las fachadas hablaban por sí solas. Pasó por delante de una puerta que estaba iluminada por 200 velas. Un poco más adelante, otra tenía 100. Dobló la esquina y vio una con 50, y otra con 20.
Finalmente, al final de una callejuela, sus ojos se iluminaron al ver lo que buscaba: una puerta con una sola vela.
Aliviado y convencido de su suerte, el hombre entró. El médico lo atendió de maravilla, le dio su tratamiento y, antes de irse, el paciente no pudo contener su alegría: —Estoy encantado —le dijo—. He tenido la suerte de dar con el mejor médico de todo el pueblo. El médico lo miró con cierta confusión y le respondió: —¿El mejor médico? Pero si yo abrí la consulta ayer.
La Ilusión de la Perfección
Ese es el momento en el que la cabeza te hace clic.Solemos huir de las personas o las situaciones que tienen un historial de fracasos. Buscamos al médico de la única vela pensando que su hoja de vida está impecable. Pero la realidad es cruda y reveladora: el mejor médico del pueblo no era ese principiante. El mejor médico del pueblo era aquel al que se le habían muerto 300 pacientes.
Ese médico había metido la pata 300 veces. Había llorado, había estudiado, había corregido y había aprendido. Y puedes estar completamente seguro de algo: esos 300 errores no los iba a cometer contigo.
El Camino del Guerrero
Vivimos en una sociedad que nos castiga por equivocarnos. Ocultamos nuestros tropiezos bajo la alfombra como si fueran manchas imborrables, cuando en realidad son nuestros mayores faros.Desde que entendí esto, mi filosofía de vida dio un giro radical: Yo ya no cometo errores. Yo enciendo velas.
Y gracias a eso, cada día mi puerta brilla un poco más. Sé que moriré sabia, porque no hay un solo día en el que no encienda una nueva llama. A veces son errores pequeños, deslices cotidianos sin mayor importancia; esos son los "días de velita". Otras veces, el golpe es duro, el fracaso es rotundo y la lección es colosal; esos son los "días de cirio".
Pero hay una regla de oro en todo esto:
Lo verdaderamente importante es que, cuando enciendas una vela tras un error, no la vuelvas a apagar jamás.
Deja que su luz te guíe. Deja que te recuerde por dónde no debes pisar y qué es lo que has aprendido. No te avergüences de tu fachada iluminada, porque ese, y no otro, es el verdadero camino del guerrero.
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