"Salvada por el príncipe azul".
Quería compartir este pedacito por aquí porque encierra una de las verdades más duras que podemos aprender sobre la vulnerabilidad y sobre cómo, a veces, nosotros mismos le entregamos el manual de instrucciones a quien nos va a terminar de romper.
El texto empieza así:
"Cuando llegaste, yo me revolcaba entre los escombros de lo que una vez fue el amor. Apareciste con lo que parecían ser las herramientas para repararlo todo: las ganas de amar y las esperanzas perdidas.
No sé si fue un error o una consecuencia de mi naturaleza, pero la noche que nos conocimos te lo dije todo. Te hablé de mis heridas, te las señalé, a modo de darte una explicación de por qué no estaba disponible".
Qué costumbre tan peligrosamente humana es esta. Cuando estamos rotas, creemos que enseñar nuestras heridas desde el minuto uno es un escudo. Pensamos que al decir "cuidado, me duele aquí", el otro va a ser más delicado. Pero la autora nos estampa la realidad en la cara con la siguiente reflexión:
"Pero hoy entiendo que no se cuentan las debilidades. Ni el primer día, ni el primer año, ni en la primera vida. Hay cosas de uno, con uno y para uno, pero me costó mucho aprenderlo".
Leer esto es como un jarro de agua fría. Y qué razón tiene. Mostrar tus cicatrices no te protege; a los ojos equivocados, solo les estás dando el mapa exacto de tus puntos débiles. Te conviertes en un blanco fácil. Hay batallas internas y sombras que deben ser exclusivamente nuestras hasta que la otra persona haya demostrado con creces (y con tiempo) que es un lugar seguro.
Luego, el libro continúa relatando esa trampa mental en la que todas hemos caído alguna vez cuando estamos intentando sanar:
"Parecías tan perfecto en tus formas de querer que me cuestionaba si, quizá, eras la recompensa por haber hecho las cosas bien. Me debatía entre darme el tiempo prudente para sanar y la emoción de ser querida como hace tanto pedía".
Ese debate interno es demoledor. El hambre de amor y de protección nos hace ver salvadores donde solo hay espejismos. Cuando estás hambrienta, cualquier migaja te parece un banquete; y cuando estás agotada de luchar sola, cualquiera que te ofrezca una tirita te parece un héroe.
Pero el cierre de este fragmento es, sin duda, la estocada final:
"Supiste leerme cual vendedor e hiciste de ti el elemento perfecto para mis circunstancias. Sedujo a mi ego la historia de creer que te derretías por mí desde hacía años, y sedujo a mi corazón la idea de, por fin, poder transitar la vida acompañada de alguien que me protegería de todo".
"Supiste leerme cual vendedor". Qué frase tan brutal. Hay personas que no se enamoran de ti, sino que estudian tus carencias y se transforman exactamente en el molde que necesitas llenar. Actúan como un camaleón emocional. Te venden la fantasía absoluta de la salvación porque saben que, desde la desesperación por ser protegida, vas a comprarles cualquier historia.
Al final, la lección que nos deja este capítulo es de las que escuecen, pero curan: nadie viene a salvarnos. Y quien se presenta con la capa de príncipe azul mientras tú estás en ruinas, suele ser el mismo que, tiempo después, te cobra el rescate dejándote peor de lo que te encontró.
Joder, da miedo recordar que ese tipo de personas siempre están ahí y siento que más en la familia. No dudan en aprovecharse de uno ૮◞ ‸ ◟ ა
ResponderEliminarDa mucho miedo pensarlo, pero hay que normalizar (aunque sé que muchas veces es difícil) que el árbol genealógico también se poda. Compartir sangre no les da un pase VIP para aprovecharse de ti.
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