Si un niño lograba cumplir los seis años, las probabilidades de perderlo disminuían drásticamente. Aún así, la esperanza de vida rondaba entre los 37 y los 42 años para la clase media (que apenas suponía un 5% de la población). Hasta 1877, la muerte infantil era tan cotidiana que los bebés fallecidos antes de cumplir su primer año ni siquiera entraban en las estadísticas oficiales; se les consideraba mortinatos o abortos naturales.
Un entorno letal y el juego de los niños
Las causas de esta inmensa mortalidad eran múltiples y, vistas desde nuestra época, aterradoras:
Biberones que no se lavaban ni esterilizaban adecuadamente.
Juguetes y paredes repletas de plomo y arsénico.
Epidemias descontroladas debido a los escasos conocimientos sobre cómo funcionaban los contagios.
Un alarmante número de infanticidios.
La muerte estaba tan normalizada que los niños victorianos veían fallecer a familiares y vecinos casi a diario. Esto se reflejaba incluso en su forma de divertirse. En Londres, los pequeños jugaban a Taps Grey, un pasatiempo en el que creaban un cementerio en miniatura con piedras y madera para fingir el entierro de alguien.
El mito de la frialdad de los padres
Durante décadas se sostuvo el mito de que los padres victorianos no se encariñaban con sus hijos porque sabían que tenían altísimas probabilidades de perderlos. Se argumentaba que esta era la razón por la que, cuando un niño moría, le ponían su mismo nombre al siguiente hermano que nacía.
Sin embargo, la historia ha demostrado que esto está muy lejos de la realidad. Los padres victorianos lloraban profundamente la muerte de sus hijos y muchos terminaban sumidos en la depresión. Reutilizar el nombre no era una forma de reemplazar una vida por otra, sino una manera de honrar y rememorar al hermano fallecido. Hay que tener en cuenta que, en aquel entonces, muy pocas tumbas eran permanentes; se solía enterrar a varias personas en un mismo sitio y simplemente se cambiaba la lápida, por lo que necesitaban otras formas de mantener vivo el recuerdo.
Aunque era una sociedad profundamente religiosa y se inculcaba el consuelo de que un niño fallecido "era tan bueno que Dios no podía esperar a conocerlo", el luto era devastador. El reverendo Pilber documentó las palabras de una mujer que acababa de perder a su bebé, Alice:
"Esto me va a matar. No sé qué hacer. Lo único que me reconforta es que Dios la tiene a su lado. He leído el libro esta mañana y decía 'su tiempo ha llegado'. Así que espero que Dios la haya llevado al cielo con él. Pero solo espero que me lleve a mí pronto también. O que por lo menos el Señor venga a mis sueños y me diga que Alice está bien".
Como es evidente, esas no son las palabras de una madre que no quisiera a su hija.
El recuerdo fotográfico y el triunfo de la ciencia
Ante la falta de tumbas permanentes y el dolor por la pérdida, las familias con más recursos recurrieron a una práctica que hoy nos resulta impactante, pero que entonces era un acto de amor puro: la fotografía post mortem.La inmensa mayoría de los clientes de este servicio eran padres en luto que buscaban tener, al menos, un último recuerdo visual de sus hijos. También se tomaban fotografías de las madres que morían dando a luz, para que los niños que sobrevivían pudieran tener un recuerdo de ellas.
Afortunadamente, el panorama comenzó a cambiar radicalmente. A finales del siglo XIX, la esperanza de vida subió casi 20 años, y la espeluznante estadística de mortalidad infantil empezó a caer en picado a principios del siglo XX, llevándose consigo la necesidad de la fotografía post mortem.
Esta victoria contra la muerte prematura no fue un milagro, sino el resultado directo del avance humano:
La invención y distribución de vacunas y antibióticos.
La construcción de infraestructuras para el acceso al agua potable.
Las mejoras en las viviendas de la clase obrera.
El mayor acceso de las mujeres a la educación, lo que introdujo en los hogares nociones fundamentales sobre higiene, sanitización y esterilización.
El tema de la época victoriana siempre me encantó. Este tipo de artículos y curiosidades me parecen tan interesantes! Yo también tengo en mi blog un artículo sobre algo de la época victoriana, si quieres puedes echarle un vistazo!
ResponderEliminar¡Ya le eché un vistazo! Me pasé por tu blog y me hizo muchísima gracia la coincidencia. Gracias por pasarte y por comentar. Un abrazo gigante
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