Ayer decidí desconectar de la rutina y me fui al cine a ver La bola negra. Para los que no sepáis muy bien de qué va la trama, os pongo en contexto rápido: es una historia bastante cruda que nos lanza de lleno a los horrores de la guerra, pero que utiliza ese escenario bélico para hablar de algo mucho más íntimo, profundo y desgarrador: la homosexualidad y la represión.
La película te muestra cómo, en medio del caos, la destrucción y la muerte, los protagonistas tienen que librar su propia batalla interna. Es durísimo ver cómo el miedo de los personajes no solo viene de las balas o del bando enemigo, sino de su propio entorno, de una sociedad que castiga, persigue y silencia a quienes se atreven a amar a alguien de su mismo sexo.
Hay una dualidad constante que te encoge el estómago: el campo de batalla físico y el verdadero campo de batalla emocional.
Pero más allá de la tragedia histórica, del contexto de la guerra o de la evidente crítica social a la homofobia, si os soy sincera, yo me quedo con una lectura mucho más personal y poderosa.
Me quedo con el mensaje inquebrantable de que, pase lo que pase, tienes que vivir tu vida.
Ver a esos personajes sufrir tanto por no poder ser ellos mismos me hizo hacer un "clic" mental. A veces, en nuestro día a día, libramos nuestras propias "guerritas" absurdas intentando encajar, callándonos lo que pensamos o pidiendo perdón por no entrar por el aro.
Ya sabéis:
Siempre funable, nunca mosquita muerta.
Amo las consecuencias de mis actos.
Tiro la piedra y alzo la mano.
Por siempre la mala si hace falta.
Si fui
Si dije
Si hice
Y QUÉ?
Y ya para finalizar no me quería ir sin decir: Vivan los matrimonios lavanda, y vivan las lesbianas


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