Te doy un poco de contexto para que veas por dónde voy. Imagina que vamos caminando por la calle, con prisa, y de repente alguien grita a mis espaldas: "¡Pepa!". Yo, probablemente, ni me giro, ni levanto la mirada, ni altero el paso. Sigo con mi vida exactamente igual. ¿Por qué? Porque el nombre de Pepa no tiene ningún tipo de poder, peso o valor sobre mi identidad. No me interpela. Sencillamente, no soy yo, así que esa palabra rebota contra mí y cae al suelo sin dejar marca.
Y aquí es donde la cosa se pone interesante, porque así es exactamente como funcionan todas las palabras.
Las palabras que nos lanzan los demás, por muy afiladas que vengan o por mucha mala intención que traigan, están vacías de base. Solo tienen poder sobre nosotros cuando resuenan con algo que ya llevamos dentro. Nos hacen daño cuando son ciertas o, peor aún, cuando nosotros mismos nos las creemos.
Pero es que esto va mucho más allá de responder o no a un nombre falso. Esto va de la vida misma, de cómo construimos nuestra autoestima y de cómo, a veces, dejamos que otros la derriben con un soplido.
Piénsalo bien. ¿Por qué cuando a ti te dicen ciertas cosas te molestan tanto? Si alguien te ataca y te dice: "eres un vago", "eres inconstante", "es que eres feo" o cuestiona tus capacidades... ¿por qué te duele de esa manera? ¿Por qué te pasas el día dándole vueltas a esa frase, dejando que te amargue y dándole un poder inmenso a quien te la ha dicho?La respuesta escuece, pero es liberadora: porque tú le estás otorgando ese poder.
Porque hay una pequeña parte de ti que, internamente, ya dudaba. Porque en el fondo, te estás creyendo lo que te dicen. El insulto que viene de fuera no es más que el eco de tu propia inseguridad haciendo ruido en tu cabeza.
Si tú tuvieras la certeza absoluta, inquebrantable y serena de que no eres eso que te están gritando, esas palabras serían exactamente como el nombre de Pepa.
Te girarías, te encogerías de hombros, pensarías "se ha equivocado de persona", y seguirías tu camino sin mirar atrás. Sin drama. Sin dolor. Porque sabrías, con total seguridad, que esas palabras no tienen absolutamente ningún valor sobre quién eres en realidad.
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