Hace unos días hablaba con una persona. Una buena amiga, que quiso abrirse un poquito más a mí y me contó cómo funciona su "personaje". Así que, este post, no lo cuento yo. Lo cuenta ella. Y empieza así:
Quedé con Luci y me sinceré con ella y le dije que tengo un diagnóstico de ansiedad social. Lo primero que hizo fue mirarme de arriba abajo y yo pensé: "Ok, a lo mejor estoy desnuda y no me acuerdo". Y me soltó: "No hay manera de que tengas ansiedad social".Al principio me descolocó bastante porque pensé: "Te lo juro que sí". Pero al mismo tiempo me dije a mí misma que iba a prestarle atención, porque a lo mejor ella sabía algo que yo no. Entonces le pregunté: "¿Por qué no tengo ansiedad social?". Y me contestó: "Porque hablas bien, porque te expresas bien, es imposible que tengas ansiedad social".
Terminó esta charla, que fue genial, me lo pasé increíble, os lo juro. Ya después lloré y todo ese rollo, pero unos días después pensé que ella iba a ser la inspiración para esta reflexión que vamos a tener hoy. Porque, al final del día, ella era yo hace unos años cuando me intentaron diagnosticar ansiedad social y yo también tenía esa idea errónea de lo que realmente era.
Entonces, os voy a contar.
Hace unos años estaba yo a punto de terminar la carrera. Estaba pasando por una racha un poco dura en mi vida y dije: "Ay, pues voy a pedir ayuda, ¿no? ¿Qué es lo que hace la gente?". Entonces, súper profesional, me meto en internet y busco "psicoterapia cerca de mí". Salió el primer número de una psiquiatra y decidí que la iba a llamar.
Primero vi el número, tenía el móvil en la mano y luego mi cerebro arrancó: "No, pero ¿qué le digo? O sea, ¿le digo 'hola' y luego qué me va a preguntar?". Entonces pensé que no le diría eso, que mejor le diría directamente: "Necesito una cita". Pero luego pensé: "Es que si le digo directo que necesito una cita, va a pensar que soy una maleducada porque no le estoy preguntando qué tal está". Entonces dije, bueno, mejor le voy a preguntar "Hola, ¿qué tal?". Pero luego me frené: "Es que si le pregunto qué tal está, me va a empezar a contar su vida y yo no voy a saber qué decirle".
Al final decidí: "Simplemente le voy a decir: hola, buenas tardes, necesito una cita". Me armé de valor... y de la nada dije: "Mejor no".Dejé el móvil a un lado. Eran como las nueve de la mañana. De repente, miro el reloj y ya eran las cuatro de la tarde, y yo seguía sin poder llamar a la persona que me iba a ayudar.
Tomo la decisión, me armo de valor, marco, empieza a dar tono el teléfono y... nadie contesta. Y dije: "¡Ya me he salvado, ya me he salvado! No voy a tener que ir a hablar con esta persona nunca". Acordaos de que yo estaba tomando la decisión de hablar con ella, pero de alguna forma sentía que me tenían secuestrada y no sabía por qué tenía la obligación de hablar con ella cuando yo misma había tomado la decisión. Entonces dije: "Listo, me he salvado, no tengo que hablar con absolutamente nadie".
Pasan unos cinco minutos, suena mi móvil (¡ping!) y era un mensaje: "Hola, estoy en una cita, pero ¿en qué te puedo ayudar?". Y yo: "¡No, por favor! ¿Qué hago, qué hago?". Decidí ponérselo difícil: "Necesito una cita, pero tiene que ser hoy. Si no es hoy, no quiero hablar contigo". Y le escribo: "Hola, quería saber si tiene un hueco para una cita hoy mismo". Y me pone: "Ay, claro, de hecho me acaban de cancelar una dentro de media hora".
Y yo por dentro: "¡Ugh! Me tenías que haber dicho que no".
Me pregunta: "¿Crees que puedes llegar en 30 minutos?". Y yo: "Pues por poder, sí. Por querer, no". Pero me acordé de que yo había tomado la decisión de dar este paso.
En ese momento llevaba ropa de clase y pensé: voy rápido a mi casa a cambiarme. Pero si voy y me cambio, voy a llegar tarde a la cita, entonces ella va a pensar que no me importó y por eso llegué tarde. Pero si voy con esta ropa, va a decir que tampoco me importó porque no pensé un outfit para ir a terapia. "Va a seguir creyendo que me da igual todo". Pensé en cancelar, pero luego dije: ella va a saber que no tengo un motivo real para cancelar y sabrá que he mentido, entonces va a pensar que soy mala persona porque estoy mintiendo.
¿Ya vais entendiendo cómo funciona mi cabeza?
Esa desesperación constante. Todos esos 30 minutos de camino a la consulta los pasé planificando cómo explicarle mi vida para que me creyera, pero sin exagerar demasiado porque, si no, iba a creer que me lo estaba inventando. "Acuérdate de que ella se dedica a dar terapia", me repetía. "No puede pensar que me lo estoy inventando, o sea".
Llego a la consulta. Al minuto, sale ella y me llama por mi nombre.
Estuve a punto de decirle: "No". Que no, es broma, no podía mentir porque eso me haría mala persona. Entonces le dije: "Sí, soy yo". Me dijo: "Adelante". Y en eso empiezo a sentir la espalda completamente empapada. Yo realmente nunca sudo, pero no lograba identificarlo, porque cada vez que tenía que hablar con alguien, siempre acababa sudando.Entro a terapia. Empiezo a ver todo lleno de madera, muchas cositas que tenía decorando, pero al mismo tiempo estaba analizando su reacción al verme: "¿Estará pensando todo lo que pienso yo? No sé". Le empiezo a contar todo por lo que estoy pasando, pero la empiezo a notar muy seria. Entonces mi mente arrancaba de nuevo: "¿Entonces no te estoy entreteniendo? ¿Por qué no tienes la reacción que yo siento que deberías tener?". Cualquiera diría que estaba seria porque me estaba prestando atención, pero para mí era un: "No sé qué estás pensando".
Termina la sesión y me dice: "Nos vemos la semana que viene". Y yo: "¡Guau! ¿Me quieres volver a ver? O sea, sí te he caído bien".
Toda esa semana, hasta la siguiente cita, antes de dormir le daba vueltas: "¿Se lo conté bien? A lo mejor me falté, a lo mejor me pasé, a lo mejor le solté demasiada información y apenas la acabo de conocer y no sabía ni de qué iba el rollo". Seguía yendo a esta situación social en la que yo misma decidí meterme, pero sentía que me obligaban y que me tenían retenida en una habitación.
Hasta que llega una sesión en donde ella me suelta: "¿Has pensado en la ansiedad social?".
Ah, porque se me olvidó deciros: yo estaba estudiando psicología. Irónico, ¿no? Entonces, primero dije: "A lo mejor me está preguntando porque es un examen para ver si realmente estoy prestando atención en la facultad". Luego dije: "No, a lo mejor me lo pregunta porque cree que de verdad tengo ansiedad social. Ni de broma". Así que decidí contestar a las dos cosas:
— Sí, sí he pensado en la ansiedad social, sí sé qué es, y no la tengo.
Y la veo seria. Ok, entonces empecé a justificarme: "No, no, no, porque, o sea, a mí sí me gusta socializar, pero con mis amigos que ya conozco desde primaria. Y cuando me van a invitar a una reunión, o sea, sí voy a ir, pero les tengo que preguntar quién va a ir, si ya he hablado con ellos y si ya sé si me caen bien. Y además necesito que me expliques qué me tengo que poner para ir a esa situación social, porque ¿qué pasa si voy muy arreglada o poco arreglada y piensan que no me importa nada?".
Empiezo a explicarle todas estas cosas y le suelto: "Yo no puedo tener ansiedad social porque sí busco el consejo de una amiga cuando me siento mal y sí busco estar rodeada de gente, sólo que no sé cómo hacerlo". Y en eso me detengo y le digo:
— Creo que tengo ansiedad social.
Recuerdo que esa cara seria cambió por una ligera sonrisa de afirmación. A lo mejor otras personas dirían que ni se notaba, pero yo sí, porque llevaba toda la vida sobreanalizando el comportamiento de la gente: si les divierto, si me entienden, si me he puesto lo que querían que me pusiera.
Empezamos a trabajar en este tema. Hay un pensamiento erróneo de que la persona con ansiedad social no sabe quién es, no le gusta quién es y no quiere que la gente la conozca. La realidad es que sí queremos, simplemente no sabemos cómo romper esa barrera para que la situación fluya.
Empecé un tratamiento (súper recomendado, la gente se lo pasa genial). Luego llegó la etapa de terapia de choque. Me dijo: "Vamos a empezar con terapia de exposición. Consiste en exponerte a lo que te da miedo, y a ti lo que te da miedo es socializar, entonces te vamos a lanzar a socializar".
Ya me había graduado como psicóloga y me dicen en mi trabajo: "Oye, hay un programa de escuela de padres y nos gustaría que tú lo empezaras a dar". Fui corriendo a hablar con mi psiquiatra, convencida de que me diría que no. Me dijo: "Oye, está genial, deberías decir que sí". (Yo por dentro: "Me tenías que haber dicho que no...").
Empiezo a dar estas charlas para padres. Siempre con la espalda sudada, siempre nerviosa, siempre sin saber qué pasaba. Pero cada miércoles veía que los padres volvían y me decían: "He intentado esto con mi hijo y sí me ha funcionado". Entonces pensé: creo que estoy haciendo algo bien. Mis compañeros empezaron a decirme que diera la charla del miércoles siguiente. Podríais pensar que era una táctica en plan "dala tú, que a mí me da pereza", pero yo sentía que me lo decían porque, de verdad, algo estaba haciendo bien.
Fui a mi psiquiatra y le dije: "Oye, estoy empezando a identificar que cuando me pongo este 'personaje de psicóloga', la gente me escucha, me presta atención y no me juzga, hasta me entiende. Ese personaje me cae súper bien". Yo notaba que ella medio me sonreía.
Dije: voy a investigar este tema de los personajes. Imaginaos a mí en mi escritorio como una científica loca intentando encontrar la cura de algo. Empecé a notar que cuando estoy con mis amigos de toda la vida, que sé que no me juzgan y que se ríen de lo que digo, me sentía igual que con el personaje de psicóloga. ¡Claro! Tenía un personaje con mis amigos que también me caía bien. El problema es que, cuando me ponían en situaciones que no conocía, no sabía cómo conectar. Quería hacerlo, pero no sabía cómo.
Fui a mi psiquiatra y le pregunté: "¿Cómo lo hago para que estos dos personajes que me gustan sean el personaje que voy a usar siempre?". Y ella, tan tranquila: "Pues no sé, investiga tú".
Empieza la era de las redes sociales. Un día estaba en casa, me tocaba comer sola e iba a preparar una ensalada. Dije: "Me voy a grabar". Porque, repito, existe ese pensamiento erróneo de que las personas con ansiedad social no nos aguantamos a nosotras mismas. Y no, yo me caigo bien. Sí me quiero. La gente con ansiedad social no se odia. Así que me grabé charlando, para sentir que estaba comiendo conmigo misma.
De repente, empiezo a ver reacciones de gente que no conocía (que es mi mayor problema). Veo comentarios: "Qué buena pinta tiene la ensalada", "Me hizo mucha gracia lo que dijiste", "Qué chulo tu jersey, ¿de dónde es?". Entonces pensé: "No soy rara, sí puedo hacer gracia, sí me puse lo correcto".
Empecé a analizar qué había hecho bien en ese vídeo para crear un personaje tan agradable. Y me di cuenta de que no analicé la ropa que me iba a poner, no preparé un discurso sobre la comida ni ensayé chistes. No planeé absolutamente nada, porque me estaba hablando a mí misma y me caigo bien.
Voy a mi psiquiatra y le digo: "Algo raro está pasando. Creo que he secuestrado a todo el mundo y se piensan que les caigo bien. No planeé nada, no saqué el personaje de psicóloga ni el de mis amigos. No entiendo qué pasa".
Y ella me mira y me dice: — Y si no planeaste nada… ¿Cómo sacaste un personaje?Pasó el tiempo y entendí que no era un personaje. Ya no tenía que planificar absolutamente nada, porque el personaje que funcionaba en mi vida, realmente, era yo. Cuando era psicóloga, seguía siendo yo. Cuando era desenvuelta con mis amigos, seguía siendo yo. La gente con ansiedad social no es tímida por defecto (eso es un rasgo de personalidad). Yo sé hablar, no tengo problemas para contarte lo que me pasa.
Empecé a creer que podía sacar todos los días a este "personaje" que caía bien, que no planeaba nada y al que no juzgaban. Sí, fui yo la misma persona a la que le dijeron: "Es imposible que tengas ansiedad social". Sí es posible. Pero la gente con ansiedad social puede buscar herramientas para romper esa barrera y ser un humano común que busca lo mismo que los demás.
Nosotros también buscamos conexión humana, el consejo de un amigo. Yo también me pongo triste y quiero que me abrace mi padre. Yo también cumplo años y quiero hacer una fiesta. Simplemente no sé cómo.
Todo este proceso de años sobrepensando ("¿Me pongo estos zapatos? ¿Parecen de abuelo? ¿Y si me pongo pantalón de pinzas? ¿Y si me pongo americana y parezco disfrazada de ejecutiva?"), lo viví para llegar al punto en el que estoy hoy. Y algo que sí os puedo decir, después de todo este tiempo, es que, de las cosas que ya no sobrepienso tanto, es el personaje que tiene que salir a mi vida diaria.
Ese personaje, soy yo.
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