Copitos de Nieve

29 octubre 2026

El espejismo japonés y la negligencia española: Por qué nuestros trenes descarrilan

Cero muertos en accidentes de tren bala habiendo hecho 20 veces más viajes que en España.

Así es Japón. Y esto demuestra una realidad que es evidente: en el mundo ferroviario, cuando las cosas se hacen bien, el número de muertos tiende a cero.

Esto es pura lógica. En la carretera, por muchas normas de seguridad que impongas —multas, radares, límites de velocidad—, el factor humano es clave y, a menudo, incontrolable. Uno coge el coche borracho, a otro le da un ictus al volante, se pierde el control y hay un accidente inevitable. Pero en el tren, prácticamente todo se puede prevenir. La dirección de los viajes, el estado de las vías, la respuesta a las alertas, la infraestructura en general... todo está medido. Y claro, el riesgo se reduce a cero cuando hay voluntad.

Y de eso vamos a hablar hoy: de la voluntad.

El falso culpable: La liberalización

Seamos conscientes de que no nos hace falta esperar a una orden judicial para determinar cuál es la responsabilidad política de lo que está pasando aquí. El único responsable de gestionar y mantener las infraestructuras ferroviarias en este país es Adif, es decir, el Gobierno de España. Y, en última instancia política, Óscar Puente.

Ya estoy empezando a ver cómo se despliega el argumento de defensa oficial: "esto es por culpa de la liberalización de los trenes", "cuando todo era cien por cien público no había accidentes".

Desactivando el argumento en tres pasos:

  1. ¿Hay más trenes circulando ahora? Sí, el doble desde que entraron los operadores privados.

  2. ¿Se ha hecho necesaria más inversión en infraestructura para soportar esos viajes extra? Obviamente.

  3. ¿Se ha invertido de manera acorde a ese desgaste? No.

¿Y de quién depende hacer esto? De Adif. Si la infraestructura no está en condiciones de soportar el tráfico, por muchos operadores privados que haya, es responsabilidad directa de Adif decir: "No se puede circular por este tramo porque falta mantenimiento". Entonces, cabe preguntarse por qué Adif no lo está haciendo.

La trampa de los incentivos (o por qué Óscar Puente prefiere tuitear)

Es completamente normal romperse la cabeza pensando: ¿Cómo puede ser que, estando en máximos históricos de recaudación fiscal, no se esté invirtiendo lo necesario para evitar este tipo de catástrofes? ¿Por qué no surge la voluntad de arreglarlo?

¿De dónde surge la voluntad para hacer las cosas en la vida? Del incentivo.

Óscar Puente se levanta por la mañana y prefiere tuitear antes que ponerse a gestionar la infraestructura ferroviaria del país. Su incentivo real es el poder político, la trifulca y la visibilidad. Por eso le surge la voluntad de coger el móvil, porque siente que el ruido mediático le acerca más a su meta que supervisar el basalto de una vía en Toledo.

¿Cómo podemos hacer que un ministro tenga incentivos reales para hacer su trabajo técnico? La triste realidad es que no podemos, porque es un político. Puede que, de casualidad, llegue al cargo un político con voluntad real y lo haga, pero no podemos controlarlo. Estamos a merced de personas que no tienen sus incentivos alineados con los nuestros ni con nuestra seguridad.

El espejo de Japón: Luces y sombras de la privatización

Y esto nos lleva de vuelta al principio: ¿Por qué los responsables de las infraestructuras en Japón sí tienen incentivos para cuidarlas con esa precisión milimétrica?

En Japón no solo se liberalizaron los servicios ferroviarios (hay más de 10 operadores distintos), sino que también se privatizó la inmensa mayoría de la infraestructura. Allí, las vías pertenecen a las compañías que las utilizan. Obviamente, estas empresas tienen un incentivo de supervivencia absoluto para que esas infraestructuras funcionen de forma impecable, ya que de ello depende su negocio, su reputación y su futuro. Si se estrellan, quiebran. Su incentivo está alineado con que tú llegues vivo.

Ojo, esto no significa que el modelo japonés sea un paraíso sin fisuras. Esa misma privatización e incentivo por la eficiencia extrema trajo sus propios monstruos. En 2005, la obsesión corporativa por la puntualidad absoluta provocó la tragedia de Amagasaki (107 muertos), cuando un conductor descarriló por tomar una curva al doble de velocidad. ¿El motivo? Intentaba recuperar 90 segundos de retraso para evitar los brutales castigos psicológicos de su empresa. Pero la diferencia fundamental es esta: en Japón falló la presión humana llevada al límite; en España, lo que está fallando es la infraestructura pudriéndose por desidia gubernamental. 

¿Podríamos mantener en España una gestión de vías 100% pública y que se invirtiera correctamente? Sí, por supuesto. Pero dependeríamos de que el político de turno tuviera la "voluntad" de hacerlo. Y eso, como estamos viendo, es jugar a la ruleta rusa. En cambio, cuando el responsable se está jugando su propio dinero y su propio futuro, la seguridad deja de ser un eslogan de campaña para convertirse en una obligación vital.

Ojo, este no es un post para pedir que privaticemos las infraestructuras mañana mismo. Ya habrá tiempo de debatir sobre ese melón. Solo te cuento esto para que no caigas en el engaño mediático de señalar a las compañías privadas ante la tragedia que estamos viviendo por culpa del deterioro de las vías.

Lo más importante y urgente ahora, además de ayudar a todas las personas que están sufriendo y que lo necesitan, es exigir responsabilidades y sacar a esta calamidad de gestión gubernamental de su zona de confort.

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