Mientras lo contaba se reía de sí misma, consciente de lo irracional que sonaba, pero también de que aquella sensación era real.
Y es curioso, porque cuando escuchamos este tipo de comentarios solemos interpretarlos como una muestra de amor o de celos. Sin embargo, cuanto más lo pienso, más creo que muchas veces no tienen tanto que ver con el amor como con el ego.
El amor frente al ego
El amor, en teoría, se ocupa del presente. Se fija en la persona que tenemos delante, en la relación que estamos construyendo y en lo que compartimos aquí y ahora.
El ego, en cambio, suele preocuparse por el lugar que ocupamos en comparación con los demás. No le basta con ser importante; quiere ser el más importante. No le basta con ser amado; quiere ser insustituible. Y, si pudiera elegir, preferiría ser el primero en todo.
Por eso algunas personas sienten una incomodidad extraña cuando piensan en las relaciones pasadas de su pareja. No es que aquellas experiencias tengan un efecto real sobre la relación actual, ni que representen una amenaza. De hecho, son historias terminadas, pertenecientes a otra etapa de la vida.
Lo que incomoda es descubrir que no somos el principio de la historia, que hubo emociones, recuerdos y experiencias antes de nuestra llegada.
En el fondo, existe una fantasía muy humana que consiste en querer ser únicos de una forma absoluta. Nos gusta imaginar que ocupamos un lugar especial, diferente al de cualquier otra persona. Cuando descubrimos que alguien ya había amado, besado o compartido momentos importantes con otros antes de conocernos, esa fantasía se resquebraja un poco. No porque nuestro vínculo valga menos, sino porque deja de ser exclusivo en el sentido que el ego desearía.
La belleza de no ser el primero
Sin embargo, la realidad tiene algo mucho más interesante que esa fantasía. Las personas no llegan a nuestras vidas vacías, esperando que seamos los protagonistas de todos sus recuerdos. Llegan después de haber vivido, aprendido, cometido errores y acumulado experiencias que las han convertido en quienes son.
De hecho, muchas veces aquello que amamos de alguien existe precisamente gracias a todo lo que vivió antes de conocernos.
Por eso, con el tiempo, la pregunta deja de ser por qué no fuimos los primeros y pasa a ser otra muy distinta: ¿qué importancia tiene realmente serlo?
Ser el primero suele depender de la casualidad. Ser la persona que alguien elige después de haber conocido el mundo, después de haber comparado, aprendido y crecido, tiene un significado mucho más profundo.
Quizá por eso, cuando esa pequeña voz del ego protesta porque no fuimos el primer beso, el primer amor o la primera historia de alguien, conviene recordarle que el valor de una relación no se mide por el lugar que ocupa en una cronología. Se mide por lo que representa para quienes la viven.
Y, al final, ser el capítulo más importante suele tener mucho más valor que haber sido simplemente el primero.
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