Hay una cosa que me hace muchísima gracia y es la velocidad con la que algunas conversaciones entre mujeres pueden pasar de un tema completamente inocente a un juicio colectivo sobre los hombres.
Empieza todo muy tranquilo:
Una cuenta que el novio de una amiga le fue infiel.
Otra recuerda a aquel ex que desapareció de la faz de la Tierra después de prometer amor eterno.
Otra habla del compañero de trabajo que lleva tres meses haciendo perder el tiempo a una chica porque "no sabe lo que quiere".
Y, antes de que te des cuenta, ya estamos todas llegando a la misma conclusión:
—Es que los hombres...
Y ahí empieza la lista. Que si son inmaduros. Que si son despistados. Que si no escuchan. Que si prometen cosas que luego se les olvidan. Que si tienen la inteligencia emocional de una tostadora. Que si no hay uno bueno.
Y yo asiento. Asiento porque las pruebas son contundentes. Los testimonios son numerosos. La fiscalía ha presentado evidencias suficientes y, sinceramente, el jurado parece tener bastante claro el veredicto.
Entonces alguien dice:
—Todos son iguales.
Y yo vuelvo a asentir. Pero de repente me acuerdo de un pequeño detalle. Mi marido.
Y ahí tengo que intervenir. —Bueno... todos, todos...
Porque una cosa es escuchar todas esas historias, asentir, reconocer que los argumentos son sólidos y que las pruebas presentadas por mis amigas parecen suficientes para condenar al género masculino entero, y otra muy distinta es que intenten incluir a mi marido en la conversación.
Ahí es donde yo trazo una línea. Una línea quizá poco objetiva, quizá incluso ridícula, pero una línea al fin y al cabo.
Mi marido no. Mi marido es inocente hasta que se demuestre lo contrario.
Yo sigo firme en mi posición. Además, cada persona tiene derecho a aferrarse a la ilusión que más feliz la haga. Hay quien cree en los horóscopos, hay quien está convencido de que este sí será el año en que cumplirá todos los propósitos que escribió en enero, y luego estoy yo, que he decidido creer que mi marido pertenece a una especie rarísima de hombre excepcional que jamás me dará material para una conversación dramática entre amigas ni me obligará a empezar una frase con "pues al final tenía razón mi madre".
Así que sí, cuando alguien dice que no sirven, yo sigo levantando la mano para hacer una excepción.
Porque mi marido no.
Mi marido es el único diferente.
Mi marido es inocente.
Mi marido jamás.
Mi marido nunca.
Mi marido imposible.
Y sostendré esa teoría con absoluta convicción, con total confianza y con una fe que roza lo conmovedor.
... Por ahora.
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