Copitos de Nieve

06 junio 2026

Cómo la Historia tejió mi existencia


Si pudiera retroceder en el tiempo y mirar a través de los ojos de quienes me precedieron, vería que mi historia no empezó conmigo, sino hace miles de años...


El refugio del norte y la tierra compartida 

Mis raíces más profundas se aferran a esta tierra desde que el hielo de la última glaciación comenzó a retirarse. Fui parte de las tribus íberas y celtas que levantaron los primeros poblados y trabajaron con sus propias manos la Península Ibérica. Llevo en mí la resistencia de esa rama vasca de mi familia que encontró refugio en los fríos valles del norte. Mientras el mundo a nuestro alrededor colapsaba bajo las invasiones de romanos y visigodos, los míos resistieron aislados en las montañas, protegiendo un linaje y un idioma milenario que ha sobrevivido hasta llegar a mí. Con los siglos, aprendí a no creer en las fronteras; me moví libremente por toda la franja occidental entre España y Portugal, siendo pastor, campesino y comerciante, forjando el pilar principal de lo que soy hoy.

El puente hacia el sur 

Pero mi historia no se entiende sin el mar y el puente de Al-Ándalus. No llegué cruzando el cielo en un avión, sino surcando las olas del Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán en pequeños barcos desde Argelia y Túnez. Fui el agricultor que trajo el ingenio de nuevas técnicas de regadío a tierras secas, el artesano y el comerciante que recorría los bulliciosos zocos de Córdoba, Sevilla o Valencia. Me integré y me mezclé con cristianos, judíos y musulmanes, fundiendo culturas y dejando una herencia imborrable en el sur y el levante peninsular que hoy late en mi interior.

La autopista del Mediterráneo

Lejos de ser un muro, el Mediterráneo fue mi gran vía de comunicación. En algún momento de la historia, viajé desde el sur de Italia. Quizá marché como legionario del Imperio Romano, o mucho después, navegué como mercader o soldado de los tercios desde Nápoles o Sicilia. Llegué a los puertos de Barcelona, Valencia o Cádiz buscando comercio o sirviendo a la Corona, pero me enamoré de la tierra y de su gente, decidiendo no volver jamás a Italia.

Los caminantes y navegantes del norte 

Y finalmente, mi linaje también mira hacia la escarpada costa de Bretaña y Francia. Fui el peregrino que cruzó los Pirineos a pie, siguiendo las estrellas en el Camino de Santiago. Fui el marinero bretón que desafió el Cantábrico trazando rutas comerciales. A lo largo de ese viaje, ya fuera por devoción o por trabajo, encontré tierras fértiles donde echar raíces en Navarra, Aragón o Galicia, cambiando mi destino para siempre.

Generación tras generación, los caminos de los campesinos celtíberos, los ingeniosos agricultores de Al-Ándalus, los navegantes napolitanos y los peregrinos franceses se fueron cruzando de manera improbable. Todos esos viajes, todo ese esfuerzo por conectar territorios y acortar distancias, convergieron en una sola persona. De alguna manera, hoy sigo honrando ese legado de movimiento e interconexión: ya no trazando rutas en pequeños barcos o cruzando montañas a pie. Toda esa historia me trajo exactamente hasta aquí.


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